Habitualmente recordamos a nuestros pacientes la necesidad de atender los propios deseos y evitar plegarse a los deseos de los otros. Escuchar y dar la mano al otro, amar al otro, no tiene nada que ver con postergar el propio deseo ni con autoinmolarse para satisfacerlo.
Muchos síntomas tienen que ver con la dificultad para rebelarse, para decir “no”, para desobedecer o para transgredir las normas relacionales que se nos imponen, en familia o en sociedad. Para ello se requiere de un adecuado uso de la agresividad instrumental, porque no existe crecimiento sin desobediencia, sin conflicto, sin ruptura.
Massimo Recalcati (2014), en “La fuerza del Deseo”, nos recuerda:
“Ser obstinados con los propios deseos es bueno: hace la vida feliz, satisfecha y, por tanto, generosa, porque la vida generosa es una vida satisfecha. Y viceversa, si por ser amable, por no entrar en conflictos, por continuar satisfaciendo a los deseos de los demás yo renuncié al mío propio, la vida enferma, la vida sufre, la vida se marchita. Por el contrario, la vida satisfecha es aquella que se encamina con decisión a lo largo de la vía del propio deseo y el deseo exige ruptura, conflicto“ (p. 39).
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