Siguiendo el dilema que presenté hace un par de días, hoy toca hablar del “anhelo del mar”, metáfora oportuna de un movimiento natural de todos los seres humanos que va unido indivisiblemente a la “nostalgia de la tierra”, que ya definimos en el post anterior. Mientras esta última es un movimiento geotrópico, es decir, que se mueve hacia la tierra y las raíces; el “anhelo del mar” es un movimiento fototrópico que se dirige hacia el peligroso océano, hacia el mundo frío, hacia el incierto exterior, hacia la intemperie y la luz.
En el volumen I de “Rastros y huellas en las fronteras de la psicoterapia sistémica” (De Pablo, 2023), lo describí de la siguiente forma:
“El «anhelo del mar», también como movimiento natural, surge en la necesidad de salir al mundo y explorarlo, aparece además ante la vivencia del atrapamiento, de la esclava dependencia claustrofóbica. Presenta, en justa correspondencia, otras tres alternativas: la primera, saludable, que anhela y extraña el sonido de la propia voz, la libertad, la posibilidad de elección y el riesgo por vivir y experimentar la vida y el mundo, restaurar al padre y la ley. La segunda, patológica, que pretende la huida del vínculo y de las raíces, que fomenta el corte emocional y el desapego; la aridez afectiva y la coraza evitativa de lo emocional en las relaciones. Y la tercera, también patológica, que se sostiene en la hybris, en usurpar y ocupar el espacio del padre, en continua lucha con él, en perpetua adolescencia edípica, sin ley o personificándola como perversión” (p. 287-288).
(Imagen: acuarela “Mujer mirando el mar” de Carolina Cañas)
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