A las puertas de nuestra Semana Santa, he estado leyendo “La noche de Getsemaní”, ensayo del psicoanalista italiano Massimo Recalcati. Recalcati destaca en su libro la esencia de la humanidad en la figura de Jesucristo en el pasaje de la noche de Getsemaní, a través de la experiencia reiterada de la traición (por parte de Judas, de Pedro y de los discípulos), del abandono absoluto en soledad con el que nace el grito de angustia ante la muerte y la desolación. La esencia de la humanidad de Jesús surge ante el silencio y ante la ausencia de Dios, no hay respuesta a la plegaria ni señales de la piedad del padre. Dice Recalcati (2019):
“En la noche de Getsemaní, Jesús se nos aparece en su más radical humanidad. En mayor grado incluso que la crucifixión, esa noche habla de la plenitud vulnerable de la vida de Cristo, habla de nosotros, de nuestra condición humana. No están en primer plano, ni el símbolo de la cruz, ni la inaudita violencia del suplicio, de la tortura y de la muerte. En la noche de Getsemaní, el trágico ápice aún no viste el cuerpo de Cristo, aunque arremete desde luego contra su alma. No hay clavos, látigos, coronas de espinas, palizas, sino solo la pesadez de una noche que no parece tener fin, la soledad, inerme y extraviada de la existencia que vive la experiencia de la traición y del abandono. Esta noche no es la noche de Dios, sino la noche del hombre“ (p. 9). Termina su libro recodándonos que: “La fe más radical no surge de la presencia, sino de la ausencia de Dios” (p. 96).
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