Siguiendo el sendero de la nostalgia que he venido desgranando en anteriores posts, me encuentro con un texto de Josep María Esquirol (2005), de su libro: “Uno mismo y los otros”, donde habla de la casa como refugio cotidiano y de la infancia como hogar diacrónico al que necesitamos recurrir. Dice Esquirol:
“El hombre existe recogiéndose en la casa y “saliendo” de la casa en un movimiento alternativo y circular. La calidez, la dulzura, la protección, el gozo, se encuentra más bien dentro de la casa y la dificultad y la lucha más bien fuera. (…) En cierto sentido, la pérdida de la casa es la pérdida del mundo. Sin casa, el mundo ya no es lo difícil, sino lo caótico. Vale decir que la destrucción del lugar radical de identificación imposibilita los demás. (Desde el punto de vista diacrónico, la infancia sería algo así como la casa. La nostalgia de la infancia es nostalgia del gozo de nuestra primera morada. Pero el paso a la edad adulta es inevitable del mismo modo que lo es el salir de casa. Quien no saliese del recogimiento de la casa enfermaría y perdería el mundo. Se trata, aquí, de un movimiento de “ida y vuelta”. Después de la jornada laboral volvemos a casa. Y, de vez en cuando, recordamos nuestra infancia, incluso a través de los sueños nocturnos. Lo bueno es tener casa. Lo bueno es haber tenido infancia. Por este motivo, a veces, los problemas de personalidad, proceden de “no haber tenido infancia“ o de haberla tenido muy “mala”)” (p. 25).
(Imagen: “Casa de la infancia” de Fernando Charro)
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