“LA ODISEA” DE NOLAN. ¡NO TE LA PIERDAS!

Publicado el 19 de julio de 2026, 12:25

He esperado con impaciencia la nueva versión cinematográfica de “La Odisea” dirigida por Christopher Nolan y, ayer, pude finalmente acudir a verla.
Me preocupaba que se hubiera hecho una versión fantástica y palomitera (como la excelente versión del año 1954 de Mario Camerini), obviando el profundo sentido de la historia relatada por Homero.
Afortunadamente encontré una fiel interpretación del sentido homérico del personaje y del relato. Hice un post sobre esta perspectiva cuando comenté la reciente y maravillosa versión de Uberto Pasolini en “El regreso de Ulises” de 2024.
He escrito mucho sobre los héroes homéricos, Aquiles y Ulises (De Pablo, 2021, 2023 y 2024), para detallar los procesos de crecimiento emocional en lo masculino, sobre la importancia de la “herida” (Aquiles) para una adecuada transición de la adolescencia a la adultez y de la necesidad de la “renuncia” (Ulises) para un saludable ejercicio de la paternidad. Esperaba, por tanto, encontrar esta mirada en el film de Nolan y, afortunadamente, así fue.
Está presente en toda la cinta la visión del héroe cansado que, para conseguir regresar al hogar, debe aceptar su vulnerabilidad y renunciar al juego de la inmortalidad, del “ser como un dios”, de la soberbia narcisista. Todo está impregnado de una toma de conciencia y de una reflexión sobre el horror, sobre lo ominoso de la guerra, sobre el abuso del poder y sobre los efectos de la ambición humana. Sin hacer ningún espóiler, el monólogo de Odiseo sobre las tablas del naufragio, hablando sobre la aceptación de la fragilidad y del dolor, enuncia la necesidad de renunciar a lo superfluo y a lo inmoral, y la importancia de confiar en la vida para arribar adecuadamente a nuestro destino.
Es la conciencia ética del hombre que ha podido reflexionar críticamente sobre sí mismo y sobre el mundo, para, de esta forma, estar dispuesto a transgredir los mandatos ideológicos de cualquier tipo.
En la Odisea le dice Ulises a Calipso:
«Venerable diosa, no te enfades conmigo, que sé muy bien cuánto te es inferior la discreta Penélope en figura y en estatura al verla de frente, pues ella es mortal y tú inmortal sin vejez. Pero aun así quiero y deseo todos los días marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si alguno de los dioses me maltratara en el ponto rojo como el vino, lo soportaré en mi pecho con ánimo paciente; pues ya soporté muy mucho sufriendo en el mar y en la guerra. Que venga esto después de aquello.»
La renuncia a la inmortalidad, a la vida ciega, a la ambición, para vivir junto a su esposa y entregar a su hijo el legado amoroso que le corresponde.

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