No soporto el lenguaje enrevesado de la filosofía clásica ni la redacción, en ocasiones, cientifista de la psicología y de algunas escuelas del psicoanálisis. Reflexionar y escribir sobre el ser humano o sobre su dolor, no requiere de doctas descripciones ni de explicaciones alejadas de lo emocional. Me encanta leer a Joan Carles Mèlich o a Josep-Maria Esquirol, en filosofía, por su poética forma de escribir sobre la ética y sobre la condición humana. En psicoterapia me aburre el exceso de tecnicismos o la pretensión de una descripción con lenguaje científico que se aleja de los términos emocionales y existenciales olvidando palabras como dolor, miedo, angustia, fragilidad, cuidado, abrazo y caricia. Me fascinan las lecturas que recuerdan el desamparo esencial del ser humano ante la intemperie del mundo, el temblor y la incertidumbre como ejes existenciales de la experiencia de todo individuo. Destacar la importancia y la necesidad de la presencia del otro, de la mirada y de la mano donde poder asirte cuando lo necesitas.
En muchos textos se evita mencionar el amor, el desamor, la negligencia afectiva y el maltrato emocional, a la par parece imprescindible hablar de etiquetas diagnósticas, protocolos de intervención e investigaciones donde el método científico está asegurado.
Se olvida mencionar la necesidad de los otros, nuestra necesidad de ser reconocidos y validados, de contar con testigos de nuestras historias, historias que están llenas de miedos e inseguridades, de dolor y desolación.
Quiero apostar por una poética de la psicoterapia que incorpore lo emocional a nuestra esencia existencial. Quizá en estos nuevos tiempos, donde el tiempo se acelera, no sea aplaudida mi intención ni mi deseo de que las palabras nos regalen un ritmo más pausado y un sentido poético que resalte la belleza de nuestras emociones, proponiendo el uso de un lenguaje más tierno y visual que nos regale más lecturas en nuestra labor como psicoterapeutas.
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