SER MADRE, SER MUJER

Publicado el 25 de enero de 2026, 12:36

La buena madre necesita que, en el proceso de crianza, se haga presente progresivamente la “mujer” que quedó relegada tras el alumbramiento. Necesita que la “madre” no lo ocupe todo. Ceriotti (2018) habla de esto mismo, del alma erótica y del alma materna, ambas presentes y necesarias, que deben estar adecuadamente compensadas en la vida de toda mujer. Dice Pitillas (2025) en “Caminar sobre las huellas”:
“Para que la madre pueda tolerar que el hijo no es su posesión narcisística, ella debe sentir que su identidad no se reduce a la maternidad. Para que el hijo sea una persona completa a ojos de la madre, algo más que un hijo, ella debe ser algo más que una madre: “El reconocimiento que el niño busca es algo que la madre solo puede dar gracias a su identidad independiente” (Benjamín, 1996, p. 38). La madre cuida, responde las señales afectivas del niño, elogia sus logros, presta ayuda cuando se la necesita y, al mismo tiempo, se mueve por la casa de formas que el niño no siempre controla o predice, mantiene conversaciones con terceros en los que el niño no puede o no sabrá participar, va y viene en una dinámica de unión-separación que indica la existencia de una esfera mental autónoma en ella. Así, las dinámicas de reconocimiento son bidireccionales: el carácter irreductible del hijo es paralelo al carácter irreductible de la madre, y ambos, aspectos se complementan y sostienen mutuamente” (p. 110).
La dinámica unión-separación es vital para el crecimiento de los hijos, presencia y ausencia deben convivir en la relación materno-filial de una forma equilibrada. Hay que resguardarse de algunos mandatos sobre la exigencia de una maternidad que radicaliza la bondad de la presencia y que devalúa la importancia de la ausencia.

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