Los dolorosos fantasmas que habitan en los padres que fueron maltratados, abandonados y abusados en su niñez, pueden reaparecer en la crianza de los propios hijos. Dice Carlos Pitillas en “Caminar sobre las huellas” (2025):
“Las conductas de un niño enfadado e inconsolable pueden despertar en el padre maltratado un miedo semejante al que vivió cuando, de pequeño, estuvo expuesto a la rabia descontrolada y muy peligrosa de un cuidador agresivo. Las demandas de una hija pequeña y frágil pueden recordar a su madre su propia fragilidad y dependencia cuando era niña (una dependencia que fue castigada o que quedó sin cubrir). Los padres que se han sentido criticados, exigidos, descuidados, dominados o instrumentalizados, pueden sentir -de forma rápida y automática, sin ser del todo conscientes- que sus hijos están ejerciendo sobre ellos este mismo trato recibido. El niño, así, pasa a ser visto como un perseguidor, un juez, alguien exigente y dominante, un invasor que roba, libertad, autonomía y tiempo libre, etc.(…)
Ahora, en contacto con un niño que despierta de nuevo estas emociones, se activan en los adultos relaciones objetales ligadas al trauma: el padre se siente juzgado y ve a su hijo como un juez; se siente perseguido y ve a su niño como un perseguidor; se siente avergonzado y ve a su hijo como la fuente de su vergüenza; se siente abandonado y ve a su niño, como alguien indiferente y cruel“ (p. 175).
Añadir comentario
Comentarios