Desde un paradigma de la complejidad (como propuso Edgar Morin), es preciso introducir lo transdisciplinar en la observación y análisis de los fenómenos que estudiamos y trabajamos.
El enfoque sistémico se enriquece cuando sumamos la visión del psicoanálisis social que nos proponía Enrique Pichon-Rivière. El paciente identificado aparece como portavoz emergente de lo que el grupo social, por ejemplo, la familia, está experimentando aunque esa experiencia esté invisibilizada o silenciada por lo “instituido”, concepto que Cornelius Castoriadis expone como lo establecido, las normas adoptadas, los criterios de normalidad y los roles impuestos dentro de un grupo. El portavoz, el paciente designado o identificado, el síntoma, representa lo “instituyente”, lo que según el filósofo griego, ofrece al grupo la posibilidad de reflexionar sobre lo que acontece en un grupo y cuestionar las imposiciones o reglas asumidas por el mismo.
El paciente identificado es el componente más sensible y sensitivo del sistema, es el individuo que experimenta la distonía del grupo y la expresa. El grupo social, la familia, en consonancia al imaginario social vigente, expulsa o señala al portavoz, lo exilia y lo señala como enfermo, como inadecuado, en vez de permitirse entender cuánto de lo expresado por él/ella precisa ser integrado por todo el grupo para una mejora del sistema social (familia o grupo).
En “Ética del reconocimiento emocional en psicoterapia” (De Pablo, 2025) he apostado, en esta misma dirección, por una visión integradora de la psicoterapia sistémica, la filosofía social y el psicoanálisis relacional.
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