Cada mañana camino desde el Barrio de Pescadores y de las Flores, en el centro de Conil, por la orilla de la playa, descalzo y mojándome los pies, hasta la torre vigía de Castilnovo (siglo XVI).
Es un paseo agradable, por una de las pocas playas vírgenes y sin edificaciones que quedan en Cádiz. Castilnovo es nostalgia y promesa. Nostalgia de espacios limpios y cálidos, de un lugar abierto de arena, mar y cielo; naturaleza no contaminada por nuestra ansia desmedida y nuestro voraz consumo. Promesa de esperanza y de confianza en la vida, en un mundo amable donde el agua y el viento te acarician y te reconcilian con la inevitable intemperie del mundo.
Camino así, cada día, acompañado de mis sensaciones y reflexiones, uniendo retazos de ideas, cosiéndolas en un posible texto, en una propuesta sentida sobre las heridas, las cicatrices y las renuncias, en las que ahora trabajo. Después, en la mañana, puedo despertar temprano, asaltado por esas mismas reflexiones aliñadas de sueños intempestivos. Puedo también releerme en el baño, cuestionarme y reconocerme, si esto es posible.
Compartir con los míos, mirar la sonrisa de Héctor, mi nieto, y sentirme acompañado en el estío veraniego, tras todo un año de trabajo intenso y productivo.
En mis recién cumplidos 67 años, este tipo de situaciones son las que me alimentan y alientan, porque cualquier apuesta por la vida necesita de entornos amables, de hogares de respeto y luz.
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