Estoy leyendo el libro “Elogio de la renuncia” del psicoanalista británico Adam Phillips (2024). Lo adquirí porque me atrajo el título, en gran parte por mi insistente defensa del concepto de “renuncia” para un sano y correcto ejercicio de la paternidad y de la maternidad.
Phillips presenta una visión diferente y complementaria a la que yo planteo, es decir, describe la renuncia como una rendición o un abandono ante la vida, cuyo ejemplo paradigmático sería el suicidio. Habla de un tipo de renuncia no relacional, intrapsíquica.
En mi caso, la renuncia que defiendo es esencialmente relacional, porque hace referencia al desprendimiento de nuestra necesidad de que los otros respondan y cumplan nuestros deseos, de que el otro quede atado al deseo ajeno.
En el ejercicio como padres es clara la necesidad de desprenderse y renunciar al deseo depositado en el hijo o en la hija. La renuncia a este deseo marca la diferencia y se convierte en el mayor acto de amor parental. Es preciso un ejercicio doloroso, un acto sacrificial del padre/madre, para que el/la hijo/hija crezcan suficientemente libres y amados.
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