Vengo leyendo muchas opiniones sobre “La Odisea” (2026) de Christopher Nolan, muchas de ellas muy críticas con la perspectiva del director, con la elección del reparto, con la inadecuación de las naves o de las armaduras o con la supresión de determinadas partes de la obra. A mí, personalmente, la película de Nolan me ha gustado mucho. Solo temí que la propuesta del director terminara convirtiéndose en un film efectista y superficial donde se perdiera el mensaje que más me emociona, la del regreso de un Ulises transformado y reflexivo, cansado y nostálgico, madurado tras la decepción, fruto de tanta sangre inocente y de tanto sufrimiento innecesario, de aquellas aspiraciones heroicas de juventud.
Recomiendo la lectura de “Las versiones homéricas” (1932) de Jorge Luís Borges, donde se hace eco de las diferentes traducciones de la obra de Homero y donde concluye que no existe un texto único y definitivo de los textos homéricos, que cada traducción y lectura de la obra es una propuesta diferente y que esta diversidad, no solo no va en demérito de la obra sino que la hace más rica y profunda.
Me fascinó absolutamente la película de Uberto Pasolini, “El regreso de Ulises” (2024), porque nos regala otra lectura diferente, sin dioses ni monstruos, pero guardando la esencia de la historia de Odiseo. En mi niñez me emocioné con el “Ulises” de 1954, dirigida por Mario Camerini, de la mano de mi padre, que me despertó una pasión por lo mitológico que aún perdura y que me llevó a los textos clásicos y a la conexión con el ciclo vital de lo masculino. Solo me queda agradecer estas múltiples lecturas de un texto eterno.
Borges escribió:
“Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios”.
[«Arte poética», El hacedor]
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